Alonso de Castillo Solórzano (Tordesillas, 1584 - ¿Italia, 1648?). Fecundo novelista, poeta y dramaturgo, disponemos de contadas noticias biográficas sobre Castillo Solórzano. Parece que ya desde joven quiso hacer de la literatura su forma de vida, aunque para ello tuviera que enfrentarse a múltiples obstáculos y a cambiar a menudo de amo, ciudad o mecenas. Hacia 1619 se asentaría en Madrid, donde sirvió como gentilhombre al conde de Benavente y al marqués de Villar. Es también la época de sus primeras colecciones de relatos: Tardes entretenidas (1625), Jornadas alegres (1626) y Tiempo de regocijo y carnestolendas de Madrid (1627), seguidas por Noches de placer (1631) y Fiestas del jardín (1634). Después de un breve periplo andaluz (Escarmientos de amor moralizados, 1628), de otro levantino (Lisardo enamorado, 1629; Huerta de Valencia, 1629) y de un tercero catalán (Los amantes andaluces, 1633), hubo de trasladarse a Zaragoza, capital en la que escribiría Los alivios de Casandra (1640) y probablemente las póstumas Sala de recreación (1649) y La quinta de Diana (1649).
Apreciado por Lope de Vega, Juan Pérez de Montalbán y María de Zayas, su espíritu abierto y su indudable talento para la picaresca (Las harpías en Madrid, 1631; La niña de los embustes. Teresa de Manzanares, 1632; Aventuras del bachiller Trapaza, 1637; La garduña de Sevilla, 1642) lo ayudaron a adaptarse con facilidad a los variados estilos que demandaba el siglo de los Austrias menores.
Reescritura de los Escarmientos de amor moralizados(Sevilla, Manuel Sande, 1628), el Lisardo enamorado salió de las prensas valencianas de Juan Crisóstomo Garriz apenas un año después. Fruto de una reelaboración que afectaría tanto a la arquitectura general –con cambios de veras significativos, especialmente en los últimos capítulos– como a su argumento, Alonso de Castillo Solórzano nos revela aquí toda una estrategia de revisión ideológico-lingüística. Por un lado, el novelista inserta nuevos vocablos (o los sustituye por otros), en pos de una mayor precisión, refina la sintaxis y añade concretas noticias espacio-temporales para que las peripecias resulten más verosímiles; por otro, elimina (o reduce) las pinceladas mitológicas de los Escarmientos–un claro indicio de su separación de la novela culta– y la gavilla de comentarios edificantes que figuraban en la versión primigenia.
El libro narra las peregrinaciones de Lisardo, un caballero madrileño que abandona la corte tras herir al que considera su rival por el amor de Gerarda. Durante su viaje, se tropezará con varios personajes que, a su vez, cuentan sus propias historias, convirtiendo el volumen –uno de sus pocos ensayos de «narrativa larga», junto con Los amantes andaluces (1633)– en una suerte de colección de relatos entrelazados. La sutil trama inicial se enmaraña y amplía en virtud de las secundarias, hasta alcanzar el feliz desenlace. Industrioso tejedor de ficciones, Castillo aprovecha todos los moldes narrativos –pero también poéticos y teatrales– que cultivó desde los felices años veinte, mezclando claves que proceden de la novela sentimental, la bizantina, la morisca y la pastoril.
La colección Prosa Barroca, dirigida por Rafael Bonilla Cerezo (Universidad de Córdoba), nació como lugar de encuentro y sala de recreación para los investigadores de la narrativa áurea y curiosos en general. Junto con volúmenes de ensayo, da a conocer en rigurosas ediciones críticas novelas cortesanas, pastoriles, caballerescas, picarescas, bizantinas y moriscas, además de la retóricas y sermones de los oradores del Seiscientos español.
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