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In memoriam de Andrés Valverde Sánchez

Andrés Valverde Sánchez, mi profesor

La muerte de D. Andrés Valverde Sánchez deja un silencio difícil de admitir en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, escucharlo y compartir con él una parte sustancial de nuestra vida. Su ausencia se hará especialmente perceptible en los salones del Real Casino de Madrid, donde su voz, su inteligencia y su capacidad para congregar voluntades convirtieron la conversación en una forma elevada de convivencia. Para muchos fue el abogado, el profesor, el animador cultural y el director de una tertulia prestigiosa; para mí, pese a los años transcurridos y a la amistad que terminó uniéndonos, fue siempre «mi profesor».

Lo conocí en Institución Jamer, aquel centro educativo madrileño, heredero del ideario de la Institución Libre de Enseñanza, que permanece en la memoria de varias generaciones de alumnos. En las aulas del entonces denominado BUP y COU, don Andrés Valverde fue mi profesor de Filosofía. Tal vez en aquel tiempo yo no pudiera medir todavía la influencia que ejercería sobre mi formación, pero algunas enseñanzas actúan lentamente, como una semilla que necesita años para revelar la extensión de sus raíces. No se limitaba a explicar doctrinas, sistemas de pensamiento o nombres fundamentales de la historia de las ideas. Nos enseñaba a razonar, a desconfiar de las respuestas demasiado sencillas, a defender una convicción sin convertirla en dogma y a comprender que la inteligencia solo adquiere verdadera dignidad cuando va acompañada por la responsabilidad moral.

Nunca dejé de llamarlo «mi profesor». No era una fórmula de cortesía ni una reminiscencia escolar, sino el reconocimiento de una deuda intelectual y humana que el paso del tiempo no hizo sino acrecentar. Nuestra relación evolucionó, naturalmente, y el antiguo maestro terminó convirtiéndose en amigo, compañero de inquietudes y cómplice de numerosas iniciativas culturales; pero yo continué contemplándolo desde aquel lugar interior en el que permanecen quienes nos ayudaron a entender el mundo cuando todavía comenzábamos a formular las preguntas esenciales. Él aceptaba aquella denominación con una mezcla de afecto, pudor y satisfacción, quizá porque sabía que pocas recompensas resultan tan hondas para un docente como seguir siendo recordado de ese modo por uno de sus antiguos alumnos.

Fue también el profesor Valverde Sánchez quien me animó a incorporarme al Real Casino de Madrid como socio propietario. Aquella invitación no consistió únicamente en abrirme las puertas de una institución histórica, sino en hacerme partícipe de una tradición cultural basada en el diálogo, la curiosidad intelectual y el encuentro entre personas de procedencias y disciplinas muy diversas. Gracias a él, el Casino se convirtió para mí en un espacio familiar, en una prolongación de aquellas aulas juveniles y, al mismo tiempo, en un territorio nuevo donde la cultura podía vivirse como una experiencia compartida. Esa generosidad suya, ejercida sin solemnidad y casi siempre lejos de cualquier exhibición, permitió que muchas personas se encontraran, que numerosos proyectos germinaran y que la palabra siguiera ocupando el lugar central que él consideraba imprescindible en una sociedad civilizada.

Su gran obra dentro del Real Casino de Madrid fue la tertulia que hoy lleva su nombre, la Tertulia Andrés Valverde, significativamente subtitulada Ágora del Pensamiento y la Palabra. La más antigua de la institución se convirtió bajo su dirección en una referencia de la vida cultural madrileña y en un foro abierto a las cuestiones fundamentales de nuestro tiempo. Durante años he compartido con él decenas de sesiones en las que participaron destacados especialistas de la política, la cultura, el pensamiento, la historia y la literatura. Por ese espacio han pasado voces muy diferentes, algunas coincidentes y otras enfrentadas, porque don Andrés entendía la tertulia como un ámbito de libertad en el que las ideas debían confrontarse sin que la discrepancia degenerase en descalificación.

Dirigir una tertulia durante tantos años no consiste únicamente en elaborar programas, convocar a los participantes o presentar a los invitados. Exige una peculiar inteligencia de las personas, una capacidad de escucha poco frecuente y un sentido preciso del equilibrio. Don Andrés sabía conceder la palabra, ordenar el debate, reconducir una discusión y, cuando era necesario, introducir la pregunta que devolvía profundidad a una conversación amenazada por lo anecdótico. Nunca pretendió ser el protagonista exclusivo de aquellas reuniones, aunque su presencia las vertebraba. Su autoridad no procedía de la imposición, sino del conocimiento, la experiencia y el respeto que inspiraba. Allí volvía a manifestarse el profesor: el hombre que ayudaba a pensar sin dictar lo que debía pensarse.

El nombre de Andrés Valverde queda así unido para siempre al Real Casino de Madrid y a una concepción de la cultura que no la reduce a ornamento social ni a exhibición de erudición. Para él, la cultura era una forma de ciudadanía, una escuela permanente de tolerancia y un instrumento al servicio del entendimiento. En torno a la mesa de la tertulia supo reunir a generaciones, profesiones y sensibilidades distintas, demostrando que la conversación conserva todavía la capacidad de derribar prejuicios, ampliar horizontes y aliviar algunas de las soledades de nuestro tiempo. Esa será una parte esencial de su legado: haber mantenido encendida, durante tantos años, una llama que pertenecía a todos.

Pero detrás del abogado, del docente y del hombre público se encontraba también el esposo, el padre y el abuelo. A Elena, su compañera inseparable, le corresponde ahora afrontar la forma más dolorosa de la memoria; a su hijo Andrés, a su nuera y a sus dos nietos les queda el consuelo difícil, pero perdurable, de haber compartido la vida con un hombre cuya huella no termina en el ámbito familiar, aunque sea allí donde adquiere su verdad más íntima. A todos ellos deseo transmitir mi cariño, mi cercanía y mi gratitud por haber compartido con nosotros una presencia que pertenecía, ante todo, a su hogar.

Nos quedarán las sesiones celebradas, las conversaciones después de cada acto, las discrepancias resueltas con una sonrisa, las preguntas que no alcanzamos a formularle y aquellas respuestas suyas que tal vez comprendamos mejor a partir de ahora. Nos quedará también su ejemplo de constancia y su fe en el poder civilizador de la palabra. Su sillón podrá estar vacío, pero quien dedicó su vida a enseñar y a suscitar pensamiento nunca desaparece por completo: continúa viviendo en la conciencia de quienes aprendieron a mirar gracias a él.

Hoy me despido del abogado, del humanista, del director de la tertulia y del amigo. Pero, en lo más profundo de mí mismo, me despido como aquel joven que ocupaba un pupitre en la Institución Jamer y escuchaba sus lecciones de Filosofía. Por eso vuelvo a nombrarlo de la única manera que expresa cabalmente cuanto significó para mí: “querido profesor”.

Gracias por tu afecto y, sobre todo, por tu ejemplo. Descansa en paz.

Basilio Rodríguez Cañada

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